Este año entró la primavera a la vez que yo salía de la estación de Atocha. Entró con un día muy propio, por lo que decidí que sería mucho más interesante para mis sentidos dirigirme caminando a todos los objetivos previstos.
La verdad es que no estuvo nada mal la caminata hasta nuestro principal y más importante objetivo, recorrimos tantos kilómetros como dedos tengo en una mano, por suerte la temperatura no forzó un desagradable desenlace y llegamos con toda dignidad a la reunión. Una vez acabada la reunión y con un muy buen sabor de boca, nos dispusimos a disfrutar de Madrid, de esa parte de la ciudad donde los Austrias hicieron vida social y donde se vivió la creación del Siglo de Oro español.
No quería irme de esa maravillosa ciudad sin volver a ver alguno de mis cuadros preferidos y sobretodo ver la itinerante de F. Bacon, porque F. Bacon es un pintor que me fascina, tanto su vida como su obra, y digo su obra, aunque para algunos cueste de entender, porque es imposible ignorar su vida para entender y disfrutar de su obra.
Diré que la exposición me llegó, que el claustro me encantó y que volver a ver mis viejos conocidos fue genial, pero he de reconocer que al final arrastraba los pies, los ojos bajaban persianas, mi mente estaba acolchada y todo mi cuerpo tenia unas ganas locas de reposar en la butaca del ave vuelta a casa y saborear todo lo sucedido.
Experimenté uno de los días más maravillosos en mucho tiempo. Y lo más maravilloso es que no estuve sola.





